Monday 26 September 2022

BREVE MANUAL PARA EXIGIR

El siguiente artículo fue escrito por el periodista gastronómico uruguayo Gabriel Bialystocki.

Existe un término muy preciso en inglés llamado deliverance, que es la capacidad de entregar determinado producto, y de hacerlo dentro de términos pre-acordados.

Esta es una buena medida para comprobar la calidad de un restaurant, es decir, la capacidad de entregar el producto ofrecido en el menú, tal como aparece o se sugiere en el mismo.

No olvidemos que la descripción de un plato suele tener no más de cuatro o cinco palabras, lo cual hace que a veces lo que recibimos luego de ordenar se parece poco a lo que decía -y nos tentaba- en la carta.

La solución para esto es inquirir al mozo sobre el tema: este debería saber informar cómo está preparado el plato, cómo viene presentado, y si éste incluye otros ingredientes, además de los mencionados en la carta.

Si hay algo que queremos cuando ordenamos comida es certezas, en vez de dudas.

Esto último es muy importante sobre todo en los platos genéricos (esos que  que están hoy en todos lados como el tiramisú o la pascualina), que a veces sorprenden con variantes propias de la casa que más allá de ser cuestionables, no le son anunciadas de antemano al comensal.

Otro punto importante es, en general, nuestra (mala) costumbre de aceptar tácitamente que productos de precio bajo tengan serias mermas en su calidad: sabemos positivamente que si pagamos poco por nuestro alimento, somos pasibles de recibir el producto -o aquello que lo rodea como su packaging por ejemplo- con algún tipo de falla. Sin embargo lo aceptamos, pensando algo así como “bueno, por lo barato que costó, no debo ser tan exigente”.

Tengamos en cuenta que siempre que compramos algo incurrimos en un contrato con el vendedor: aceptamos pagar cierta cifra de dinero a cambio del producto ofrecido.

El precio lo pone el vendedor y nosotros al comprar lo aceptamos, cumpliendo nuestra parte del contrato. Si cumplo con mi parte como consumidor no solo puedo ser exigente, sino que me asiste el derecho de serlo, y del otro lado debería suceder lo mismo.

Un ejemplo clarísimo es el misterio eterno que se anuncia en miles de menús bajo el nombre “milanesa”: ¿De qué carne está hecha? ¿De qué tamaño? ¿Frita en qué aceite ? ¿Tiene condimentos agregados el pan rallado?

En lo que a gastronomía se refiere -aunque este problema es endémico en casi todas las áreas de consumo de nuestro país- un producto debe tener, antes que nada, los ingredientes y la preparación correctas.

Luego debe estar acondicionado en forma razonable -sea para consumir en el lugar donde se adquirió o para llevar- y quienes lo manipulan deberían, además de atendernos con una sonrisa, observar estándares de higiene razonables (estoy cansado de recibir mis productos de panadería o fiambrería servidos sin guantes descartables), saber explicarnos sobre los ingredientes utilizados en caso de necesitar alguna aclaración y por último, agradecernos sinceramente nuestra elección de comprar allí.

Desde el punto de vista del servicio, los operadores gastronómicos deben comprender -de una vez por todas – que un cliente satisfecho repetirá la compra y además, lo comentará con sus compañeros de trabajo, familiares, amigos: el enorme riesgo que se corre con esta política donde el consumidor es rey es que el comercio venda más.

Suena más que lógico, pero aún estamos lejos de sentirnos reyes; por suerte, queda mucho por hacer.

FUENTE: Espectador.com

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