Tuesday 20 August 2019

LOS PECADOS DE LOS MOZOS A LA HORA DE SERVIR UN VINO

La idea de los pecados capitales es fuerte. Son las siete peores cosas a las que se resumen los hombres y mujeres en materia de faltas. De la gula a la avaricia, cada uno marca una debilidad humana a la que hay que evitar sucumbir.
Menos mentados, con el vino existen pecados sistemáticos vinculados al servicio. Es verdad, ningún mozo irá al averno por cometer alguno de estos deslices, pero sí puede conseguir que un almuerzo o una cena pase de ser algo grato a un pequeño infierno sobre el mantel. Para evitarlo es mejor conocer los siete pecados en los que incurren los mozos a la hora de servir un buen vino.

VENDE Y NO SUGIERE
Lo más frecuente es que el comensal no conozca al detalle la carta de vinos. De ahí que los mozos con cancha siempre ofrecen un menú de soluciones sencillas a la hora del pedido. En cualquier caso, es fácil que esas soluciones se transformen en pesadillas si la avaricia del mozo le hace recomendar solamente las botellas por las que recibe una propina con el conteo de corchos. Y así, se llega a dar el caso de que incluso los acuerdos con la comida se van al traste si el tipo piensa más en vender que en servir.

TRAE LA BOTELLA DESTAPADA
Esto además de considerarse un pecado puede encuadrase en el derecho penal: en el peor de los casos, permite al consumidor sospechar que la botella no contiene el vino que pidió, sino otro, y que en el fondo lo están estafando. Es frecuente en mozos poco experimentados, que por miedo a pifiarla con el sacacorchos, empiezan en la cocina el descorchado, lejos del cliente para que no se vea que es torpe o no sabe hacerlo. Si este fuera el caso, el consumidor está en pleno derecho de exigir la apertura de una nueva botella delante suyo.

NO MUESTRA LA ETIQUETA
Pecado menor entre los pecados posibles, el mozo que llega a la mesa y no presenta el vino para que quien lo haya elegido certifique que se trata exactamente del vino encargado, merece ser condenado al purgatorio o al menos a las puertas del infierno. Ya que puede pasar que sea una botella equivocada (uno pidió nivel varietal y descorchan reserva, cargando la cuenta) y después habrá que cambiarla. En eso, siempre es mejor que el consumidor diga que es el vino que pidió. Ya que una vez abierto, no habrá discusión posible.

NO PREGUNTA QUIÉN PRUEBA
Una vez abierta la botella hay mozos que se forman junto a la mesa y, cordialmente, preguntan quién probará el vino. Pero hay otros que asumen desde el vamos que el responsable de probarlo es el hombre. Ahí incurren en un pecado de discriminación del cual el INADI tendrá algo que decir. ¿Y si el tipo no sabe o no quiere? ¿Y si en la mesa hay una mujer conocedora de vinos? Por no preguntar se mete en un brete y le puede complicar la digestión al resto. Eso, si no mencionamos uno peor, que es no darlo a probar a nadie y servirlo derecho viejo.

DISCUTE CON EL CLIENTE LA CALIDAD DEL VINO
Si bien es cierto que son pocos los que saben cuándo un vino está en mal estado, es frecuente que un mozo se empecine en no reconocerlo y discuta con el cliente. Este es un pecado de vanidad, que en el caso del mozo es doble, porque el cliente siempre tiene la razón. Es mejor cambiar el vino que enfrascarse en una discusión que acabe con el almuerzo. Uno como consumidor debe exigirlo.

SIRVE LAS COPAS HASTA ENRASARLAS
Pecado estético y funcional, es un pecado al fin que raya la grosería. No todos los mozos saben que el vino se sirve hasta el ecuador de una copa. Y esto es el punto más ancho de su cáliz. Por arriba, falla en oxigenar el vino. Por abajo, no cubre ni las muelas. Entre ambas, siempre es peor el exceso que desluce las copas y complica beberlas.

NO TRAE COPA PARA EL AGUA
Para muchos mozos el agua y el vino se mezclan. O al menos uno debe presumirlo de ver que no traen otro recipiente para beber agua, una vez que sirvieron el vino en las copas, pero bien que suman a la cuenta una o dos botellitas de agua por mesa. Entre los pecados posibles, es el más fácil de solucionar –basta con pedir las copas- pero es un descuido fulero que a la hora del juicio final amerita por lo menos una larga temporada de purgatorio.

FUENTE: La Mañana de Neuquén

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